Ver las estrellas contigo

En sueños escuchó un ensordecedor rugido que hizo temblar el suelo y las paredes. Como si se encontrase en las entrañas de un inmenso león que alzaba la voz proclamando su reinado en la sabana. En el silencio que le sucedió, se volvió a dormir.

- Despierta, Dewi. Vamos, despierta.

Se incorporó frotándose los ojos intentando recordar dónde se encontraba.

- ¿Qué ocurre, Van? ¿Ya es por la mañana?

Van era lo único de lo que la niña estaba segura en aquel momento. Había estado a su cuidado desde que Dewi recordaba. Era un trotamundos que su padre había contratado para la fábrica. Como no tenía hogar, se instaló con ellos y desde entonces había sido un miembro más de la familia.

- No, aún es de noche. Pero tienes que venir, rápido. Ponte algo.

Un profundo y apagado sonido metálico recorrió toda la habitación. La precaria lámpara del techo se agitó mientras todo el barco parecía lamentarse.

«Eso es, estoy en el barco», recordó de pronto, saltando de la cama y poniéndose una chaqueta. Al hacerlo observó el preocupado rostro de Van.

- Pero… ¿Qué pasa? ¿A dónde tenemos que ir?

- Es una sorpresa. Acompáñame.

Sin replicar salió tras él a rápidas zancadas sin poder reprimir un bostezo.

- ¿Va todo bien? -preguntó la pequeña Dewi con la preocupación reflejada en el rostro.

Van la miró, con los ojos muy abiertos y una desesperación desbordante en la mirada. Duró solo un segundo, enseguida se convirtió en su habitual rostro amable y se agachó ante ella apoyando las manos en sus rodillas.

- Verás, Dei. -dijo utilizando aquel apodo cariñoso que tanto le gustaba a ella-El capitán ha decidido convertir el barco esta noche en un parque de atracciones. Pero para poder montar en las atracciones debemos estar tranquilos y ser valientes, ¿de acuerdo?

Ella estaba dispuesta a aceptar cualquier cosa. ¡Un parque de atracciones en el mismo barco! Era una idea genial. Asintió sonriente.

- Lo primero que tenemos que hacer es ponernos el chaleco de seguridad. Ven, hay uno en el camarote.

Volvieron a la habitación. Los crujidos del casco se repitieron, lo cual era para Dewi un claro indicio de que lo que le había dicho Van era cierto.

- Un brazo por aquí, y el otro… por aquí ¡Muy bien!

La sonrisa de Van se apagó cuando un peculiar sonido les llegó desde la puerta. Un charco de agua se había adentrado en la habitación.

- Ya ha empezado -declaró él con energía -Vamos, o nos lo perderemos.

Dewi se puso en pie de un salto. Giraron por uno de los pasillos y vieron cómo se había empezado a inundar y a inclinar ligeramente. Unos metros más adelante, un hombre apareció corriendo con el rostro compungido. Los miró aterrado y se alejó gritando por un pasillo transversal.

- Van, ¿qué le pasa? ¿Por qué grita?

- Acaba de salir de la casa del terror. El capitán se enfadará con él. -dijo convincente -Eso no ha sido muy valiente.

- No, señor -corroboró Dewi.

Continuaron por el pasillo hasta las escaleras del final. Éstas descendían hacia un corredor donde el agua casi llegaba hasta el techo.

- Ahora tenemos que atravesar la piscina del polo norte. Agárrate a mi espalda, ¿de acuerdo? Y no te sueltes. Está muy fria.

Van se introdujo en el agua despacio. La niña se subió a sus hombros. En cuanto se sumergieron hasta el cuello sintieron cómo sus cuerpos se entumecían y comenzaban a temblar. Dewi lo soportó en silencio, al fin y al cabo, era la piscina del polo norte. Debía estar fría.

Tras un gran esfuerzo, alcanzaron el final del pasillo donde unas escaleras ascendentes los sacaron de allí. Un bullicio llegó hasta ellos desde un corredor lateral.

- Vamos, debemos correr ahora. Toda esa gente intenta ir a la misma atracción. Nos quedaremos sin sitio.

Iniciaron la carrera, lo cual les hizo recuperar el calor que habían perdido al meterse en el agua. Atravesaron varios pasillos a la velocidad que las piernas de Dewi les permitían. Se cruzaron con gente igual de aterrada que el hombre que habían visto momentos antes, pero los ignoraron por completo. Alcanzaron la cubierta del barco donde el fresco aire de la noche los alcanzó.

- Mira, otra atracción. El gran salto -anunció con teatralidad.

Dewi sonrió. Ciertamente el barco había cambiado. Se había inclinado ligeramente y el agua parecía estar más cerca de la cubierta. Van pasó al otro lado de las barandillas de uno de los balcones. Debajo, había un nivel inferior a unos tres metros bajo ellos.

- Ven aquí -le dijo a la niña.

La cogió por los costados y la apoyó junto a él.

- Agárrate fuerte a la barandilla. Cuando te diga ya, salta hacia mí, ¿de acuerdo? Será divertido, ya lo verás.

Van se descolgó y cayó pesadamente sobre la cubierta inferior, dejándose caer y rodando por el suelo. Entonces se levantó, extendió sus brazos hacia Dewi y la animó.

- Ahora Dei -le dijo con energía -¡Salta!

- ¡Tengo miedo! -declaró ella asustada.

- Yo te cogeré. No te preocupes ¡O nos quedaremos sin la siguiente atracción!

Algo dubitativa, la niña se soltó y juntando toda la fuerza de voluntad que pudo, saltó hacia Van. Éste la cogió con dificultad y con el golpe perdió el equilibrio y cayó. Su espalda se golpeó contra las maderas del suelo y contrajo el rostro por el dolor. Se puso en pie con cierta dificultad y reunió toda su voluntad para cambiar de gesto.

- Debemos ir hacia la popa -dijo con toda la naturalidad que pudo -Allí hay una barca en la que debemos montar. Dime, Dewi, ¿cual es la popa?

- ¡La parte de atrás! -exclamó ella alzando una mano al aire.

Dewi tiró de Van en la dirección que él le indicaba. El entusiasmo de la niña contrastaba con el de la gente que la rodeaba huyendo despavorida. Alcanzaron la popa y vieron que el último bote había zarpado con una docena de hombres a bordo.

- ¿Qué ha ocurrido? -preguntó a una mujer que los observaba alicaída. Por lo que tenía entendido aquel barco estaba destinado a las mujeres y los niños.

- Lo han robado a punta de pistola.

Van se derrumbó. Dewi tenía que haber zarpado en aquel bote. Era el último. Las piernas le fallaron, cayó de rodillas y apoyó las manos sobre el suelo. Cerró los puños con rabia hasta que sintió cómo una suave mano se apoyaba en su hombro.

- Vamos, Van. Ya montaremos otro día. No pasa nada -le dijo Dewi intentando inútilmente levantarlo.

Él alzó la vista, contempló a la niña y aún con las lágrimas cayendo por su rostro, sonrió.

- Es cierto -dijo poniéndose de pronto en pie -Vamos. Conozco otra atracción.

El barco se había inclinado aún más, pero ayudados por una barandilla, lograron avanzar hacia la proa. Alcanzaron el frente de una de las cabinas de mando y se sentaron.

- Verás, Dewi. Ahora el barco se seguirá inclinando. Debemos apoyar nuestras espaldas en esta pared y cuando se levante, miraremos las estrellas, ¿de acuerdo?

Ella asintió sonriente. Guardaron silencio durante varios minutos en los que la cubierta fue ganando pendiente. Poco a poco, lo que antes era el suelo, se iba convirtiendo en pared, y lo que era pared, en suelo.

Pasados unos minutos, un intenso crujido hizo temblar todo el barco. Saltaron cristales, trozos de madera y metal en todas direcciones. La proa del barco cayó bruscamente sobre el agua.

- ¡Uuuuoooo! -gritó Dewi en un estallido de júbilo -¡Qué divertido! ¡Otra vez! ¡Otraaa!

Van la miró.

- No, Dewi. Otra vez no. Ahora miraremos las estrellas.

La proa volvió a elevarse, poco a poco, inexorablemente. Dewi y Van contemplaron las estrellas en silencio, mientras notaban como comenzaban a descender al tiempo que la proa se levantaba. A sus espaldas, 46.000 toneladas de metal se hundían en un rugido que se volvía ensordecedor por momentos.

- ¿Qué es ese ruido, Van? -preguntó ella gritando para hacerse oír.

- La maquinaria de la atracción.

- Ah…

Guardaron silencio unos instantes.

- Van.

- ¿Sí, Dewi?

- Me gusta ver las estrellas contigo.

- A mí también, Dei.

Pero él no miraba ya las estrellas. Miraba a la niña que tumbada a su lado contemplaba el cielo con aire soñador, ignorando que el vasto océano estaba a punto de tragárselos.

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