No calques tanto

- No calques tanto, Sandro.

Él permanecía callado. Me miraba frunciendo el ceño de tal forma que me hacía pensar que antes de cumplir los 8 años le saldrían arrugas en el entrecejo.

- ¡Que no calques tanto!

Le retiré el lápiz y él me volvió a mirar ceñudo. Se cruzó de brazos y bajó la mirada. Observé el dibujo en el que con tanta pasión trabajaba. Era una figura humana, de buen trazado, y resultaría hermosa si su autor no hubiera apretado tanto el lápiz contra el papel volviéndola burda y grotesca.

- Si no dejas de apretar tanto el lápiz no te dejaré dibujar más.

El niño no respondió, se mantuvo en su pose, encerrado en sí mismo.

Sandro había llegado a la escuela acompañado por sus dos preocupados padres. En lo que yo juzgué un exceso de cautela, me advirtieron de que era un niño complicado, que era bueno, pero muy solitario y hermético. En mis diez años de experiencia como profesora, me había enfrentado a todo tipo de padres, pero sobretodo a esos padres que desprenden más miedo que el propio niño en su primer día de colegio. Que si tenga cuidado por si los otros niños le pegan, que si tenga cuidado porque una vez se comió una goma de borrar, que si le tienen prohibido usar tizas…

Los primeros días de Sandro en la escuela los dediqué cada vez que podía a observar el comportamiento del niño. Descubrí, gracias a sus contadas expresiones de entusiasmo, que le divertía dibujar. Utilicé aquello para motivarlo, y dedicamos más horas de las programadas a pintar con diferentes herramientas: témperas, ceras de colores, lápices, etc.

Fue el primer día que empezamos a utilizar el lápiz negro cuando todo cambió. Observé a Sandro desde mi mesa y vi como había dejado de dibujar. En cambio, parecía estar acariciando su propio dibujo. Me acerqué a él para ver lo que estaba haciendo y observé cómo había roto la punta del lápiz.

- Ten cuidado, Sandro –le dije con paciencia –. Si aprietas tanto el lápiz se rompe la punta. Ven, vamos a afilarlo.

Lo llevé hasta la papelera y le enseñé cómo se podían afilar los lápices. No le daría su propio afilador, pero le convenía saber cómo funcionaban las cosas.

Cerca de una hora, tres idas y venidas del baño y un sangrado por la nariz después, volví a su pupitre y contemplé los dibujos que había hecho. En todos ellos el trazo había dejado un surco en el papel volviéndolos burdos y hasta violentos a la vista. El niño se había detenido y se agarraba el dedo índice con la mano izquierda.

- Sandro, ¿qué te he dicho? Si calcas tanto, se rompe el lápiz y te haces daño en el dedo. Tienes que pintar más despacio.

Le metí el lápiz dentro de la mano y acompañé su mano con la mía hasta dibujar una línea curva con suavidad.

- ¿Ves? Así también pinta, y se ve mucho más bonito.

Sandro observó el papel con curiosidad, acarició el dibujo, y adoptó de nuevo un gesto serio.
Los días pasaban y su comportamiento se repetía. Los días en los que el niño se había mostrado expresivo y alegre habían dado paso a jornadas de desobediencia y esa desagradable manía de apretar el lápiz contra el papel hasta, en ocasiones, romperlo.

Mi paciencia había alcanzado un límite, hasta el punto que la única vía que me quedó fue la del castigo. Sabía que difícilmente aquello solucionaría el problema, pero al menos me daría tiempo para buscar otra solución.

Al final de aquel día, decidí llamar a sus padres.

Al día siguiente, cuando terminaron las clases, la familia al completo se presentó en el aula: los dos padres y su hermana mayor. Sandro levantó la vista y se le iluminó la cara al verlos. Su padre, Carlos, era alto, delgado y tenía la cabeza plagada de canas. Desprendía calma y tranquilidad. Ana era su madre. Más baja, nerviosa y enérgica, me saludó con una sonrisa. Junto a ellos estaba Clara, su hermana, una niña apenas dos años mayor que Sandro. Lucía dos graciosas coletas a los lados de la cabeza, mantenía la mirada baja y permanecía agarrada a la mano de su madre.

En cuanto Sandro los vio, se levantó y echó a correr en dirección a mi mesa, cogió el taco de papeles con los dibujos que le había confiscado e ignorando la orden que le di se los llevó a su hermana.

Me acerqué a ellos con un considerable enfado dada la irrespetuosa desobediencia del muchacho. Abrí la boca para exponer a sus padres, el comportamiento de su hijo cuando un detalle me quitó de golpe las palabras que se empezaban a formar en mi garganta.

La hermana de Sandro, en la que no había reparado, acariciaba uno de los dibujos de Sandro sonriendo y con la mirada perdida en el infinito. Siguió con el dedo los surcos de los duros trazos del papel y su rostro se iluminaba cuando parecía darle sentido a las formas. Pasó un dibujo tras otro, con la vista clavada en algún punto por encima de ellos, comentando cada uno.

- ¡Es una casa! –exclamó con entusiasmo.

El rostro de Sandro reflejaba una felicidad tan plena como solo un niño puede expresar.
Al día siguiente, hicimos una nueva actividad en la clase: todos los niños calcaron con sus lápices en el papel, haciendo dibujos para Clara.

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