¿Y si fuéramos más rápidos que las nubes?

- ¡Es el señor Sauce! –gritó Roi con la mirada dirigida hacia los árboles al otro lado de la valla de madera.

- Shhhh… cállate o te escuchará mi padre. Ya sabes que “el Sargento” no te quiere en la finca –le reprochó Toni dirigiendo la vista hacia el mismo lugar que su amigo – ¿De qué hablas? ¿Quién es el señor Sauce? ¿Un árbol?

Roi se encogió y rio en silencio ante aquella pregunta. Los dos niños permanecían agachados junto a la valla.

- Noooo. El señor Sauce es un amigo que tuve hace muchos años. Vivía con nosotros en la cabaña. Era mi amigo. Mi padre no paraba de darle con la vara. Al final se marchó y no volvió.

Toni abrió mucho los ojos. Roi era de una familia muy pobre. Era extraño que hubieran alojado a alguien que no perteneciera a ella y mucho más extraño que su padre, Nando, le pegara con la vara. Al contrario que “El Sargento” (su propio padre), Nando no era especialmente violento.

- ¿Tu padre le daba con la vara? ¿Por qué?

- Bueno… arañaba la puerta, se comía sus zapatillas, ladraba…

- ¡Ah! ¡Era un perro!

- Pues claro. ¿Qué iba a ser si no? –respondió como si hubiera sido evidente desde el principio.

Toni guardó silencio. Normalmente habría replicado, pero ya conocía a Roi y su extraña forma de contar las cosas.

- Ya sabes que no puedo salir de la finca. “El Sargento”…

- Te volverá a pegar, ya lo sé –respondió Roi con total naturalidad –Si te vuelve a dar otra paliza estarás otra semana sin salir y yo me aburriré mucho.

Toni asintió mirando hacia el suelo.

- Jugaba mucho con el señor Sauce. –contó Roi ignorando el abatimiento de su amigo –Era muy gracioso. Se lo comía todo. Un día, se subió a una estantería y se comió un libro. No dejó nada ¡Ah! Y otro día se coló en la habitación y se comió la bota que papá usaba para guardar el dinero. Ahora que lo pienso, creo que fue ése el día que le pegó más fuerte con la vara y el señor Sauce se escapó.

Empezó a rascarse la barbilla con el dedo índice intentando recordarlo. Toni sonreía. Le gustaba la forma como Roi contaba las historias. Éstas iban variando según iba recordando o imaginando cosas nuevas que las mejoraran.

- Le enseñé a hacer algunos trucos. –continuó Roi –A sentarse, a hacerse el muerto, a ponerse a dos patas… Hasta empecé a enseñarle a traernos billetes y monedas.

- ¿Le enseñasteis a robar dinero?

- ¡Nooo! –respondió simulando estar ofendido –No robaba. Solo cogía billetes y monedas sueltos o que se encontraba en el suelo… o en los bolsillos de la gente. Había aprendido bastante. Al principio se los comía, pero luego aprendió a traerlos a casa. Hasta el día que encontró la bota de los billetes. Sí. Ese día mi padre se enfadó mucho.

- ¿Seguirá haciéndolo?

- ¿Comerse cosas?

- No. Juntando dinero. ¿Cuánto tiempo hace que se fue de vuestra casa?

Roi se rascó de nuevo la barbilla.

- Mmm… no sé… Cinco años más o menos.

- ¿Y si ha estado juntando dinero todos estos años? Tal vez lo haya escondido en el bosque.

- ¡Sí! ¡Podríamos buscar su escondite!

Toni sonrió, pero aquel gesto se borró de su cara en cuanto recordó el severo rostro de su padre.

- No puedo, “el Sargento” me mataría si me llego a escapar.

- No se dará cuenta. Están dentro, no saldrán hasta la hora de la cena. Busquemos un poco. Volveremos antes de que anochezca.

Toni dudó. Miró primero a la gran casona y luego hacia el bosque.

- Está bien.

Atravesaron la valla de madera con facilidad y en cuanto lo hicieron, Toni sintió el furtivo entusiasmo de quien camina sobre el alambre. Esa mezcla entre miedo, emoción y nerviosismo.

Alcanzaron los arbustos donde Roi había visto al señor Sauce y analizaron el suelo que lo rodeaba. Parecía haber pisadas, pero no lograban determinar hacia dónde se dirigían ni siquiera si pertenecían a un perro.

- Espera, probaré algo –dijo Roi de pronto.

Inmediatamente se puso a silbar una sencilla pero curiosa melodía. A lo lejos, un ladrido le respondió.

- ¡Funcionó! –exclamó Toni.

- Cuando lo hacía siempre ladraba. Nunca supe si le gustaba o le irritaba.

- Vamos –ordenó encaminándose hacia el lugar del que había venido el ladrido.

Caminaron cerca de cien metros en aquella dirección, pero no lo localizaron. Roi volvió a silbar y un nuevo ladrido llegó desde atrás.

- Nos hemos pasado. Por allí.

Tuvieron que repetir una vez más el silbido pero finalmente lo encontraron. Estaba escondido entre dos arbustos.

- ¡Señor Sauce! Ven aquí, soy yo. Roi.

El perro no parecía dispuesto a salir de su escondite. Los miraba con una indescifrable expresión. Roi silbó de nuevo. El perro ladró una vez más y se acercó hasta él. Su pelo era totalmente marrón, más oscuro en algunas zonas pero parecía más debido a la suciedad que a su verdadero tono. Estaba totalmente despeinado y parecía cojear ligeramente de una de sus patas traseras. Era bastante pequeño, apenas se elevaba un palmo del suelo, y lo parecería aún más si no fuera por el abundante pelo que lo cubría. Toni pensó que no parecía agresivo, pero tampoco pondría la mano en el fuero porque no le pudiera transmitir ninguna enfermedad.

- Toni, ven a tocarlo. No te va a hacer nada.

- Mejor no –respondió dirigiéndose al arbusto del que había salido -¿Cómo encontraremos su escondite?

Sin dejar de acariciarlo, Roi arrugó el entrecejo pensando.

- ¿Tienes algún billete encima?

Sin responder, Toni se palpó los bolsillos y sacó de uno de ellos un billete doblado. Lo dejó en el suelo a la vista del perro. Éste se acercó olisqueando el doblado billete. Lo olfateó durante más de medio minuto y finalmente, se lo metió en la boca.

- ¡Eh! Se lo está comiendo –protestó.

Roi lo contuvo y esperó. El perro se tragó el billete con tranquilidad y acto seguido echó a correr a través del bosque.

Aquel movimiento cogió por sorpresa a los dos amigos que a duras penas lograban seguirlo. El señor Sauce les hizo correr durante varios minutos hasta que se alcanzó la boca de una pequeña gruta entre unas rocas.

- Espera –ordenó Roi frenando de golpe a escasos metros del perro.

Observaron cómo había empezado a hacer extraños movimientos con el estómago. Tras repetirse varias veces, terminó vomitando sobre el suelo ante la cueva. Allí estaba, el billete ensuciado con los fluidos internos del animal.

- ¡Qué asco! –susurraron ambos a la vez.

El señor Sauce cogió con la boca el billete del suelo y metió la cabeza en la cavidad entre las rocas. Sin llegar a introducirse del todo, con la cola agitando tras él depositó allí el billete y se giró de nuevo hacia ellos.

- Ese es su escondite. Seguro que tiene muchos más –exclamó Toni adelantándose.

- Espera Toni. No podemos coger simplemente el dinero. Seguro que lo protegerá. Es como un dragón protegiendo su tesoro.

Toni miró a Roi, y luego al diminuto perro.

- ¿Un dragón? –habría sido en lo último que hubiera pensado al ver aquel pequeño animal.

Se adelantó de todas formas hasta allí. El perro lo miró con curiosidad pero no hizo ni un solo intento de impedírselo. Toni miró dentro del hueco, metió la mano y la sacó agarrando una importante cantidad de billetes de diferentes tamaños y valores.

Miró a Roi que parecía igual de sorprendido que él. Volvió a meter la mano y sacó otro montón de billetes.

- ¿Cuánto dinero crees que habrá? –preguntó Roi acercándose y metiendo también la mano.

- No lo sé. Pero hay mucho.

Continuaron sacando billetes entre los dos. Cada vez los puñados eran menos abundantes, pero parecían no tener fin. Enseguida se organizaron. Roi sacaba billetes mientras Toni los contaba.

- ¿Cuánto llevamos? –preguntó mientras sacaba varias hojas de árboles que había en la cavidad.

- Cuatrocientos cincuenta euros, tres billetes de monopoli y un billete más que no sé de dónde es.

- ¿En serio? ¿Tres billetes de monopoli? ¡Guau!

Toni se reía divertido cuando un murmullo lejano llegó hasta ellos.

- Shhh… ¿qué es eso?

Guardaron silencio y notaron como el murmullo crecía. Parecía una especie de regato, pero que estaba cada vez más cerca. No tardaron en notar las primeras gotas de lluvia sobre sus cabezas. Había empezado a llover de repente.

- ¡Oh, no! –exclamó Toni y salió corriendo tras recoger todos los billetes.

- ¿Qué ocurre? –preguntó el otro saltando tras él.

Corrieron hasta alcanzar un claro donde el agua los golpeaba aún más fuerte.

- ¿Qué pasa, Toni? Solo es lluvia.

Toni miró al cielo. El cielo estaba despejado, salvo la nube que se encontraba sobre ellos y que descargaba con furia su contenido.

- Está lloviendo. “El Sargento” saldrá a buscarme a la finca. Estoy perdido.

Cayó de rodillas sobre el suelo que se comenzaba a embarrar. Roi se agachó en cuclillas a su lado.

- Tranquilo, hombre. Le diremos que estabas jugando al escondite.

- No se lo creerá. No “el Sargento”.

Roi guardó silencio. Alzó la vista hacia el cielo y su rostro se volvió a iluminar de entusiasmo.

- ¿Y si fuéramos más rápidos que las nubes?

Toni levantó la vista hasta su amigo.

- ¿Cómo?

- Esa nube aún no llegó a la casona. Podemos correr y adelantarla. Allí aún no estará lloviendo.

- Pero eso es imposible –replicó él.

- Correremos mucho.

- No lo conseguiremos.

- Y si no lo conseguimos nos escaparemos. Tenemos una montaña de dinero y al señor Sauce que puede conseguir más. Cuando nos falte volveremos a su escondite y cogeremos más.

El entusiasmo de Roi era contagioso. Toni sonrió y asintió en silencio. De inmediato los dos muchachos salieron corriendo de nuevo hacia el bosque, totalmente empapados, chapoteando sobre el mojado suelo.

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