El Calcetín rojo (2)

Se pasó una hora buscando el calcetín rojo y nadie le habría llevado la contraria a pesar de que el reloj apoyado en uno de los estantes del salón se empeñaba en contradecirle. No fue una hora compuesta de sesenta minutos perfectamente sucedidos, uno tras otro y a su vez divididos en sus minuciosos e inevitables sesenta segundos. No. Fue una hora de infinitos e interminables momentos de angustia. Instantes desorganizados e insoportablemente largos.

Y podría pensarse que la tensión se acumulaba de forma aislada en el interior de la mujer, que con la respiración entrecortada y un sudor frío empapando su piel, buscaba desesperada aquel maldito calcetín rojo, pero no era así. La tensión era perceptible en el ambiente de aquel piso. Pegajosa y densa adhiriéndose a cada uno de los objetos tirados por el suelo en aquel salón que hasta una hora antes, había permanecido perfectamente ordenado. La tensión era inherente a los golpes de los cajones al cerrarse de forma brusca, audibles desde cada rincón. Cada movimiento de la mujer, cada respiración. Cada desesperado golpe contra la pared.

Aquel ambiente enrarecido se había empezado a acumular poco a poco cuando el reloj marcaba una hora antes. Ella apenas recordaba los detalles, solo que había discutido con él acerca de un chubasquero. Él pretendía salir a andar en bicicleta. Había tenido un frustrante día de trabajo y le apetecía desafiar a la intensa tormenta que azotaba las ventanas. Ella le pidió que no saliera y sin saber muy bien cómo, habían acabado a gritos, sacándose trapos sucios mutuamente.

Ese fue el primer pico de tensión. Lo siguió un tenue llanto femenino, cuando él salió de casa precipitadamente dejándose atrás las llaves de casa, su móvil, su documentación y una mujer dolida.

Minuto tras minuto, la tensión se fue despegando de las paredes, del aire y de ella misma, que acurrucada en una esquina del sofá, se arrebujaba en una manta. Descendió hasta tal punto, que ella cerró los ojos y el sueño la invadió mientras la televisión seguía hablando sola.

No fue un sueño largo ni reparador. Ella se despertó cuando la imagen de la televisión emitió unos destellos al oscurecido salón. Se trataba de las noticias de un canal local.

«…desenlace fatal para el ciclista. Se desconoce la identidad de la víctima, ya que carecía de documentación. Las fuerzas de la policía ya han iniciado la identificación del cuerpo y esperan tener resultados en las próximas horas.»

Las imágenes mostraban a la reportera hablando de espaldas a una ambulancia y a varios coches de policía. Tras decir aquello, la periodista guardó silencio y dio entrada a un video que mostraba un tramo recto de carretera.

«Los vecinos de la zona de Espiñales llevan varios años advirtiendo del peligro de esta zona para el tránsito de ciclistas. Se trata de una zona de poca visibilidad donde los vehículos exceden habitualmente los límites de velocidad establecidos. La víctima, de unos treinta y un años, circulaba por esta carretera sin el debido chaleco reflectante y según los médicos que la atendieron, murió en el acto.»

Las imágenes de la carretera dieron paso al momento en que las autoridades transportaban el cuerpo de la víctima tapado sobre una camilla. En uno de los extremos de esta, un pie asomaba bajo la manta. Un pie vestido con un llamativo calcetín rojo.

La mujer que observaba la televisión encogida sobre el sofá se llevó las manos a la boca, y la tensión alcanzó un nuevo pico. Inmediatamente se levantó para comprobar como él había dejado atrás su cartera y el teléfono móvil. No podría llamarlo. Angustiada, corrió hacia la habitación buscando en el armario y entre los montones de ropa sucia, sus únicos y llamativos calcetines rojos, mientras se repetía en voz alta: «No puedes ser tú. No puedes ser tú».

Se pasó una hora buscando el calcetín rojo, y aunque el reloj del salón se empeñaba en llevarle la contraria, ella sabía que no era una hora de minutos y segundos, si no de interminables momentos de sufrimiento.

Esa hora finalizó con el sonido del timbre de la puerta que hizo que se le helara la sangre. Él nunca llamaba. Él habría entrado, más calmado, como después de cada discusión. Le habría dado un beso y habría estado algo callado hasta el día siguiente. Así era él. Él nunca hubiera llamado a la puerta. Entonces, recordó que él se había dejado las llaves en casa.

Corrió atravesando la casa hasta allí, y se apresuró a abrir. Ante ella, un hombre en pie y un par de calcetines rojos.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *


*

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>

Current month ye@r day *